Blade Runner: The Final Cut. Experiencia religiosa

Cuando los planetas se alinean en posición lineal perpendicular al Sol y al mismo tiempo en la Tierra coinciden por una misma causa artistas diversos tocados por ese don especial en sus diferentes disciplinas, suelen darse obras como la que nos ocupa que se encumbren en la categoría de clásicos. Clásicos que sobrepasan todo tipo de calificativos para considerarse obras maestras.

Realizado por Ridley Scott en 1982 y protagonizado por Harrison Ford, Blade Runner: The Final Cut se ha reestrenado en nuestro país de forma limitada con motivo de su 25 aniversario, exclusivamente en aquellas salas equipadas con un proyector digital -el futuro, dicen, de las proyecciones en salas y la muerte, auguran otros, del celuloide-. La película es prácticamente la misma; se han incluido una serie de escenas adicionales y se ha cambiado su final respecto al original, pero su negativo se ha escaneado a una resolución de 4k que otorga una calidad de alta definición que constituye una obligada visión en una sala de cine por lo que la experiencia audiovisual promete.

Blade Runner: The Final Cut es la ocasión ideal para replantearse de que va esto del Cine y sentar las bases en el panorama de la ciencia ficción

Promocionada como la versión definitiva del director, los productores y distribuidores de la cinta han tenido la “perspicaz” idea de recuperar éste monumento de la ciencia ficción con el objetivo de redescubrirla y presentarla aquellos que no tuvieron la oportunidad de visionarla en su día en pantalla grande.

Blade Runner es una obra de culto abrumadora, hipnótica y deslumbrante. Un film que se adelantó a su tiempo en el momento de su estreno y a día de hoy sigue sin ser superada, ya que las herramientas que utiliza para contarte una historia con tal trascendencia, son elementos que no se suelen utilizar con frecuencia en el cine de hoy en día. Desde la interpretación de todo el elenco, destacando el inquietante replicante Roy Batty interpretado por Rutger Hauer, pasando por Daryl Hannah y Sean Young, sin olvidar la corta pero imborrable caracterización de Edward James Olmos, hasta la dirección artística, puesta en escena, diseño de producción y que junto con la fotografía de Jordan Cronenweth
componen uno de las atmósferas visuales y artísticas más influyentes en el cine de ficción de los últimos años. El film termina de redondearse con una mística e impactante banda sonora de Vangelis y todo esto para qué; para contar una historia bien simple: Nos situamos en el Los Ángeles 2019. Los replicantes son seres fabricados a través de la ingeniería genética, empleados en trabajos peligrosos y degradantes en las colonias exteriores de la Tierra. Después de un sangriento motín, los replicantes fueron declarados ilegales en el planeta y
Rick Deckard, perteneciente al cuerpo especial de la policía, es encargado de dar caza a los pocos seres fugitivos que quedan libres en la ciudad.

 

Debajo de este argumento con una premisa argumental aparentemente convencional Blade Runner se ve envuelta por una atmósfera de cine negro, creándonos una especial empatía hacia los replicantes que hacia el propio héroe de la acción, al mismo tiempo que oculta un mensaje claramente filosófico que replantea cuestiones metafísicas. A los replicantes les quedan poco tiempo de vida, saben que van a morir en breve, es por ello que aprecian mucho más la vida que aquellos humanos, inconscientes de cuando les puede llegar la hora. Como si de un nuevo Mesías se tratase, Batty parece que emula a Jesucristo cuando se atraviesa la mano con un clavo para mantener su organismo en marcha y para regocijarse cada vez más en la experiencia del dolor que le hace cada vez más humano, dejándose golpear con la barra de hierro en la cabeza, o bien poniéndose en el camino de un disparo para terminar de romperle los dedos a Deckard. El replicante es feliz porque nunca ha estado más cerca de lo que puede sentir un humano, pero aún más, el replicante es consciente de su felicidad, de su dolor, de su libertad, de su muerte. Demostrando una sensibilidad extrema al alcance de pocos seres de carne y hueso a los que el miedo les impide vivir en paz convirtiéndose en esclavos de la sociedad.

Batty salva a Deckard minutos antes de morir, porque quiere que su muerte signifique algo, pretende que le llegue el mensaje replantándose ciertas cuestiones de su existencia -invitando al espectador que haga lo mismo.- ;¿Pero qué es la vida? ¿De verdad vivimos o pretendemos hacerlo? El tono de la frase final antes de los títulos de crédito que pronuncia el personaje de Gaff interpretado por Edward James Olmos te deja la piel de gallina: “It’s too bad she won’t live! But then again, who does?”

 

Como la Capilla Sixtina en Roma o el cuadro del Guernica de Picasso en el Reina Sofía de Madrid, esta obra no hay que mirarla ni entenderla si no contemplarla y sentirla.

 

 

 

 

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