El rito de ir al cine; ¿por que no se respeta como una religión más?

En este país existe una larga tradición implantada desde hace siglos en acudir regularmente a una reunión en un lugar santo con el fin de celebrar una misa y a pesar de que cada vez pierde más adeptos, sobre todo en el sector más joven, la congregación de seguidores de una religión siempre se ha considerado un ritual respetable y sagrado.

 Sus fieles entran al templo en silencio, respetando el espacio y la concentración del resto de los congregados. Escuchan los sermones, las historias basadas en el Libro sagrado, las palabras del representante de la institución y aunque muchos de ellos posiblemente no logren comprender exactamente el mensaje del orador, aún así intentan mantener la atención por respeto al que está predicando.

Pocos son lo que optan por abandonar la sala antes de tiempo ya que no son suficientemente atrevidos para afrontar una embarazosa situación. Lo mismo les ocurre a aquellos espectadores retardados, que deciden ocupar los últimos asientos de la sala por miedo a interrumpir la ceremonia  y sentir las miradas amenazantes del resto de presentes. Asistentes que han llegado con tiempo suficiente para elegir su sitio, para escuchar las palabras del clérigo y mantener la concentración.

 Aunque a veces no lleguemos a entender el culto, ni la totalidad de las palabras del pastor, el santuario se presenta como un lugar ideal para desconectar, reflexionar, evadirse, aprender, estar en paz consigo mismo, entrar en contacto con su otro “yo”… Se percibe que uno de los objetivos principales de esta “incursión” es renovarse, reciclarse, es decir, salir del lugar de forma “diferente” a como has entrado.  

El clérigo entretiene a los convocados gracias a las fábulas de los textos sagrados, logrando que las charlas se hagan más amenas y entretenidas para que el mensaje, la “palabra” de la máxima representación religiosa, cale más fácilmente en los discípulos.    
Muchas veces una cesta con billetes y monedas recorre los bancos del templo para que los concurrentes depositen cantidades voluntarias, aparte del los donativos que muchos de ellos otorgan para el buen mantenimiento del templo sagrado.

  No hace muchos años, era frecuente prepararse, arreglarse, vestirse con sus mejores galas, ducharse si uno lo encontraba necesario, peinarse, ponerse guapo, para asistir a la ceremonia. Se requería el esfuerzo de salir de casa y desplazarse hasta el lugar sagrado más cercano, para ser fiel a la cita semanal.

Y aunque la Religión siempre recuerda que es posible entablar ese diálogo con dios en cada uno de nuestros hogares, que es importante reservar un espacio de nuestra jornada a la reflexión sobre nuestra fe, nunca se ha dejado de convocar al fiel para que no pierda su hábito de desplazamiento al lugar sagrado

 ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para concienciar a la población que el acto de acudir y entrar a una Sala de Cine es igual de respetable, digno, valioso, importante, versátil, espiritual, renovador, que al hecho de ir a misa?

¿Por qué los espectadores no entran igualmente en silencio a la sala, sentándose rápidamente para molestar lo menos posible cuando la película está comenzada, mostrando un mínimo de respeto y consideración a la historia que se les está contando en imágenes?

¿Acaso no hay historias o mensajes que transcienden la pantalla y pueden lograr emocionar, llorar, reír, cambiar la vida de algunas personas en el momento que asisten a la proyección al igual que lo hacen los discursos de sus predicadores en los templos sagrados?

¿Por qué se tiende a olvidar el verdadero significado de ir al Cine y se empieza a asumir como un mero producto de consumo únicamente doméstico, cuando en realidad la actividad inigualable de ir al Cine consiste en prepararte, salir de casa, desplazarte, entrar en una sala semi oscura y sentarte en una butaca delante de una pantalla grande para luego digerir lo que has visto?

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