El niño de la bicicleta. Los hermanos belgas que no dejan indiferente

Qué grande estos hermanos Dardenne, Jean Pierre y Luc, cuando constatamos que cada trabajo que realizan resulta como mínimo, interesante y estimulante. Es increíble como logran parir obras sobrias con pocos artilugios, minimalistas, aparentemente lentas, simples y frías pero extremadamente entretenidas donde logras conectar con todos los personajes y preocuparte por sus problemas y destinos. Por el momento me ha resultado imposible que las películas de estos belgas me dejen indiferente. Sus historias urbanas con fuerte contenido de crítica social, poblada de personajes solitarios, marginales, en busca de una estabilidad, de un amor, de un respiro, de una luz al final del túnel. Pero sobre todo, sus películas reposan en dos pilares básicos, su escueta y particular realización donde su cámara filma planos y secuencias exentas de música dietética, siguiendo las diferentes acciones de los personajes y un solvente y un trabajado guión donde se cuidan en no dejar ningún detalle al azar. Las acciones se suceden constantemente una detrás de otra, sabiendo como mantener la atención del espectador hasta tal punto que tenemos la sensación de estar viendo una película de aventuras.  Su dirección de actores siempre resulta ejemplar, en este caso, al igual que ya hicieron con un adolescente Jérémie Renier en La Promesa (que desde entonces se ha convertido en uno de sus actores fetiche junto con Oliver Gourmet), los Dardenne se atreven a dejarle el protagonismo a un niño preadolescente, el pecoso y debutante Thomas Doret que consigue un trabajo fantástico al lograr transmitir un nivel de nerviosismo y ternura a partes iguales en diferentes momentos de la historia. La interpretación de una sensual e intuitiva Cécile de France como la peluquera Samantha, nos ayuda a empatizar con su personaje llegando a plantearnos dudas sobre si debería darle un cachete o abrazarle para colmar sus carencias afectivas.

 Los Dardenne, no nos dan ninguna información, ninguna razón acerca de los motivos que llevan a Samantha a ayudar al jovencito Thomas. ¿Qué haríamos nosotros en su situación? ¿Acaso no nos hemos encontrado en momentos parecidos donde actuamos de forma emocional sin encontrar explicación racional alguna? No es la primera vez que estos geniecillos belgas nos ponen en esta tesitura planteándonos esta disyuntiva y ahondando en la complejidad de los dilemas morales de las personas. Pero parecen que quieren ir más allá,
¿Debemos sentirnos responsables del futuro que les depara a esa generación desamparada en vistas de la construcción de nuestra futura Europa? Esto es lo que hace más que interesante y apasionante su cine. Esto es lo que se llama el arte contar historias.

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