Dos anécdotas de Billy Wilder

Vale, yo no soy Fernando Trueba. Y nunca lo seré. Pero, para mí, también Billy Wilder es el más grande. Como leí al director de La niña de sus ojos, los dramas de Wilder te hacen reír y sus comedias te hacen llorar.

Wilder era un genio y lo sabía. Tenía una habilidad innata para lo que los cursis llaman ahora ‘storytelling’. Su libro de conversaciones con Hellmuth Karasek –editado por Grijalbo en 1992 con una edición lamentable y reeditado en 2000, espero que en edición revisada– está lleno de anécdotas antológicas, contadas con muchísima gracia. Basten un par para abrir boca:

1. Cuando Wilder viaja a Hollywood huyendo del auge del nazismo, comienza de cero en Paramount como guionista. Y muchas de sus penalidades como inmigrante (curiosamente con Peter Lorre como compañero de infortunios) quedan reflejados en el guión de una obra maestra llamada Si no amaneciera (Hold back the dawn), dirigida por el injustamente olvidado Mitchell Leisen en 1941.

En sus memorias, Wilder recuerda los roces que tuvo tanto con Leisen como con la estrella protagonista, Charles Boyer. El método de trabajo de los estudios de entonces era empezar a filmar sin tener el guión rematado. El caso es que las broncas con director y actor cambiaron el curso de su vida: decidió que nunca más escribiría un guión para otros.

Además, como era un poco cabroncete, dejó a Boyer sin frases en la segunda parte de la película, como se puede comprobar si se revisa la cinta: apenas habla en una escena con una cucaracha. Cómo se las debía gastar Mr Wilder verdaderamente enfadado…

2. Apenas un año después de esta historia, Wilder logra su primera oportunidad como director de Hollywood. En 1934 había rodado un curioso largo en París, llamado Curvas peligrosas (Mauvaise graine) y que se avanzó 15 años al neorrealismo: la falta de presupuesto hizo que gran parte de la historia se rodara en las calles parisinas.

Wilder consiguió que Paramount produjera su primera película con Ginger Rogers y Ray Milland, dos superestrellas de la época. Y, la noche antes de comenzar el rodaje, agobiado por la responsabilidad, llamó acojonado a su mentor, el gran Ernst Lubistch. La conversación fue más o menos así:

–         Wilder: “Mañana empiezo mi primer rodaje y estoy tan muerto de miedo que pienso que me voy a orinar en los pantalones.”

–         Lubistch: “Yo ya he rodado un montón y, cada vez que empiezo otra, el primer día de rodaje estoy tan muerto de miedo que pienso que me voy a orinar en los pantalones.”

Curiosamente, fue en 1942 cuando Lubistch filmó su obra maestra To be or not to be.

Por Xavi Granda

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