La Berlinale resucita al mítico River Phoenix

Fue inevitable aunque solo fuese por un instante acordarme del joven Indiana Jones en la tercer entrega del famoso arqueólogo viendo al joven River Phoenix en pantalla grande en medio de ese paisaje desértico. Fue un 31 de octubre de 1993, delante de la discoteca de su amigo Johnny Deep, Viper Room. Se iba para siempre un joven actor al que se le prometía una carrera fulgurante. Cada vez más, a las estrellas cinematográficas les cuesta mantenerse en el olimpo, el tiempo no perdona… y es por eso que puede resultar estimulante pensar hasta donde hubiera llegado este promesa consagrada de 23 años si las drogas no le hubieran frenado en seco. Por entonces ya había rodado a las ordenes de Rob Reiner (Cuenta Conmigo), de Peter Weir y al lado de Harrison Ford en La Costa de los Mosquitos y hasta con Sidney Poitier, entre otros, o sea que apuntaba alto el chaval… Aunque se podía pensar lo mismo por entonces de colegas de su quinta como Christian Slater, Kevin Bacon o Ethan Hawke, actores que a pesar de haberse más o menos consolidado en la industria, tampoco han despuntado todo lo que se espera de ellos…  ¿Se tiende a sobrevalorar a los artistas cuando ya desaparecen? El caso es que en la capital de Alemania, donde tiene lugar uno de los Festival de cine más fríos del mundo,  se proyectó en primicia mundial el film Dark Blood, que empezó dirigiendo el director holandés George Sluizer, un trabajo como mínimo interesante ya que se trata de la película inacabada de Phoenix quien falleció al poco de terminar el rodaje.  Su director se ha animado a rescatar el material filmado hace unos 20 años para montar lo que se había rodado de ella y completar aquellas secuencias no rodadas con fotografías acompañadas de su propia voz en off explicando lo que hubiera sucedido.

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El resultado se pueden imaginar, resulta original y sugerente. Reconforta volver a encontrarse con Phoenix, tan bien secundado con esa gran actriz que es Judy Davis y un siempre notable Jonathan Price. Nos aventuramos en un desierto del interior de Estados Unidos dónde una pareja de turistas cuya relación se encuentra en horas bajas, se topa con un joven ermitaño que vive solo en una zona de pruebas nucleares y que empezará a seducir a la mujer.

Sorprende ver a Phoenix interpretando a un personaje poco simpático, pero lo resuelve con destreza, no hubiera extrañado que hubiese repetido semejante rol en diversos papeles en el futuro. El film se deja ver gracias en gran parte al excelente trabajo de los actores, la música (grandes similitudes con la obra de Gustavo Santaolalla) y a la estimulante y brillante fotografía de ese paisaje desértico, árido, melancólico, apocalíptico,  que se convierte inevitablemente en un personaje más de la historia.

Pero prevalece por encima de todo la novedad, el experimento de contemplar una película inacabada, de ver al fantasma de Phoenix acaecido, a veces con la mirada perdida, pululando como si fuera un alma sin pena, enfadado con el mundo y consigo mismo como si se tratase de un estado emocional del propio actor que le conduciría irremediablemente a su fatídico destino.

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