Guardianes de la galaxia: barroquismo Marvel

Por Xavi Granda

Supongo que los jefazos de la Troma jamás imaginaron que uno de sus directores acabaría dirigiendo, para el imperio Disney, un blockbuster de 170 millones de dólares de presupuesto, que tiene toda la pinta de convertirse en otra rentable franquicia. Ayer martes, cortesía de la compañía telefónica que me proporciona el ADSL, tuve la ocasión de ver esta superproducción, un apoteosis galáctico de batallas de naves a-la-Star-Wars, peleas, efectos especiales y música de los 80.

Vaya por delante que no he leído los cómics en los que está inspirada la película, pero el patrón es calcado al de otras cintas de superhéroes: un grupo de personajes que poco tienen que ver entre sí acaban uniendo fuerzas para vencer al malvado villano. En este caso, se nos presenta en un prólogo lacrimógeno y tramposo al niño Peter Quill, que tras la muerte de su madre es abducido de la Tierra y, años después, se convierte en un Indiana Jones galáctico con el alias de Starlord, robando reliquias en templos abandonados. Lo encarna Chris Pratt, que asciende de este modo al Olimpo de las superestrellas de Hollywood.

Tras robar un preciado orbe, la acción avanza con un guión a trompicones al que se van incorporando personajes: Gamora, la hija del malvado (Zoe Saldana), el forzudo Drax (interpretado por el luchador de pressing catch Batista), el mapache Rocket y el hombre árbol Groot, a los que ponen voz en la versión original Bradley Cooper y Vin Diesel. Algo que jamás entenderé es que se anuncien sus nombres en la versión doblada.

La nómina de secundarios es apabullante, aunque algunos apenas salgan tres minutos en escena: Michael Rooker, en su papel habitual de tipo duro con un fondo tierno, John C. Reilly, un divertido Benicio del Toro (con una apariencia que le hace parecerse a un excéntrico y conocidísimo diseñador de moda), una Glenn Close, con un peinado que va un paso más allá del de Jodie Foster en Elysium y Djimon Hounsou, en uno de sus habituales papeles atléticos. Y, como no podía ser de otro modo, Stan Lee hace su cameo habitual.

La película reúne todas las características que se le piden a una película palomitera: golpes de humor, peleas bien coreografiadas, persecuciones, buenos efectos CGI, tensión, guiños a los 80 (con alusiones a Footloose), unas gotitas de romance, decorados que parecen diseñados por Santiago Calatrava y un final épico. La excelente banda sonora es de Tyler Bates, bajista de Marilyn Manson, y que ha firmado scores de otros blockbusters como 300, Watchmen, Halloween o Conan y en la serie de TV Californication. Sin rastro alguno de sus querencias heavies, su partitura apuesta por orquestaciones poderosas que subrayan los momentos de acción, punteados con temas intimistas.

La banda sonora se completa con una colección de temas retro de pesos pesados como Bowie, Marvin Gaye y Tammi Terrell, el Hooked on a feeling de Blue Swede (que popularizó Tarantino hace ya 20 años) temas de 10cc, los Jackson 5 o las Runaways, y curiosidades de Redbone, los Raspberries, The Five Stairsteps o el bizarro Rupert Holmes.

Guardianes de la Galaxia no engaña: es un entretenimiento veraniego ideal para toda la familia, aunque algunos chistes retro no están dirigidos a los niños, y acaba anunciando que habrá secuela. Así que probablemente el año que viene, a estas alturas de agosto, estaremos viendo la segunda parte. A los directivos de Disney que apostaron por comprar Marvel, debido a la sequía creativa del estudio, se les debe de estar poniendo en los ojos el símbolo de dólar, como le pasaba al tío Gilito.

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