Homenaje a Richard Attenborough – En el puente lejano

Por Xavi Granda

Casualidades de la vida: motivos laborales me han llevado a la ciudad neerlandesa de Aarhem justo el día en que muere David Attenborough. El director de Gandhi rodó allí en 1977 Un puente lejano, su tercera cinta, una historia épica sobre la arriesgada operación Market Garden de los aliados para dar el golpe de gracia a los nazis y que se saldó con un sonoro fracaso de la coalición de tropas anglo-estadounidenses y polacas: pese a que era la mayor operación aerotransportada de la historia, apenas tres meses después del desembarco del Normandía, y estaba diseñada para dar el golpe de gracia a Hitler antes de diciembre de 1944, la falta de coordinación frustró el resultado final y el puente que cruza el Rin, que da nombre a la película, quedó demasiado lejos.

La batalla real, que tuvo lugar hace exactamente 70 años, redujo a cenizas la localidad, por lo que la película está rodada en un pueblo próximo, con un puente parecido al verdadero en el que los tanques Panzer alemanes pararon a los paracaidistas británicos comandados por el teniente coronel John Frost, encarnado en el largometraje por Anthony Hopkins muchos años antes de convertirse en una superestrella mundial. La valiente actuación de Frost mereció que el puente llevase hoy su nombre.

Curiosamente, la sociedad Attenborough-Hopkins alcanzaría su máxima cota en Tierras de penumbra, posiblemente la mejor de las 13 películas que dirigió el ayer fallecido, y con una gran actuación del actor –mesurada y alejada de histrionismos tipo El silencio de los corderos– interpretando a un C.S. Lewis que se rompe de amor por Joy Gresham (la hoy prácticamente desaparecida Debra Winger).

Retomando el tema, Un puente lejano es una superproducción-de-las-que-ya-no-se-hacen, con un reparto multiestelar encabezado por el hoy olvidado Dirk Bogarde (en uno de esos papeles ambivalentes que interpretó repetidamente y con los que consigues aborrecer su personaje) y, como auténticos machotes, Sean Connery, Robert Redford, Ryan O’Neal, Lawrence Olivier, James Caan, Gene Hackman, Michael Caine, Edward Fox y el ya citado Hopkins.

La cuota femenina la cubre Liv Ulmann, interpretando a una holandesa de la Resistencia y el también recientemente desaparecido Maximiliam Schell, como jerarca nazi, redondea la internacionalidad del plantel. Ojo al cartel original del estreno estadounidense con la fotos y nombres de TODOS los actores.

El guión, del prestigioso William Goldman, y basado en el libro del periodista irlandés Cornelius Ryan (autor también de El Día más Largo, llevada al cine en 1969, conmemorando los 25 años del desembarco de Normandía), se demora hasta las casi tres horas explicando los entresijos de Market Garden de manera pormenorizada –y bastante pegada a la realidad–, descendiendo a detalles de heroísmo y del día a día de combatientes, retaguardia y resistencia.

Todavía hoy, escenas como el impresionante desfile aéreo resultan espectaculares por dos motivos: porque debían ser increíbles en la oscuridad de un cine (menos vistas hoy por televisión) y porque sabes a ciencia cierta que los productores no recurrieron a efectos digitales, y tuvieron que reunir centenares de aeronaves para la secuencia y lanzar a centenares de paracaidistas para recrear la maniobra.

El conjunto resulta largo para el espectador de hoy, pero interesante para el aficionado a la historia de la II Guerra Mundial y especialmente para pasar un buen rato descubriendo cameos de estrellas, y con el inolvidable tema central de la banda sonora, compuesta por John Addison.

Sobre el recién desaparecido Attenborough, hay que recordar que sus dos primeras películas también tenían asunto histórico y bélico y ambas rondaban las dos horas y media de metraje: ¡Oh, qué guerra tan bonita!, un musical sobre la I Guerra Mundial y El joven Winston, sobre las andanzas de Churchill en la guerra anglo-bóer y sus primeros pasos en política. El poco conocido Simon Ward es el protagonista, con Hopkins como secundario, encarnando a Premier británico David Lloyd George.

Un año después de Un puente lejano, repetiría con su compadre Anthony Hopkins en la fallida adaptación de la novela de William Goldman (que también se encargó del guión) Magic, rebautizada en España como El muñeco diabólico. Sí, años antes que Chucky.

Pero la campanada la dio en 1982 con Gandhi, superproducción de tres horas de duración sobre el líder de la independencia india, con la que consiguió arrasar en los Oscar de aquel año, barriendo nada menos que a E.T, Blade Runner, Tron, La decisión de Sophie, Das Boot, Diner o Tootsie –ocho estatuillas incluyendo mejor película, director y actor protagonista– y que encasilló de por vida a Ben Kingsley. Como curiosidad, una de las primeras apariciones en pantalla de Daniel Day Lewis, en un pequeño papel como matón racista.

Sus siguientes proyectos como director fueron la adaptación al cine del musical de Broadway A chorus line (con Michael Douglas de protagonista) y más biografías de personas históricas relevantes, como la del activista sudafricano anti-apartheid Stephen Biko (en Grita Libertad, protagonizada por Kevin Kline, y que lanzó al estrellato a Denzel Washington, que ganó el Oscar un par de años después). Posteriormente dirigió varias más: Chaplin, con un modosito Robert Downey Jr. (muy alejado de sus desfases de hoy, y del que hace 20 años nadie hubiera podido imaginar que sería el actor más taquillero), y la ya citada Tierras de penumbra.

En la recta final de su carrera como director, retomó las aventuras del joven Hemingway como conductor de ambulancia en la I Guerra Mundial, En el amor y en la guerra, con un tándem con tan poca química como Sandra Bullock y Chris O’Donnell. Su penúltimo trabajo fue la historia del falso indio Búho gris, que interpretó Pierce Brosnan, y en su último y premonitorio título Cerrando el círculo, con pésimas críticas, volvió a una historia de la II Guerra Mundial.

Su faceta como actor ha quedado oscurecida por su papel como John Hammond, el millonario impulsor de Jurassic Park: su carrera se alargó durante siete décadas, desde su debut como soldado adolescente en Sangre, sudor y lágrimas, dirigida por David Lean en plena II Guerra Mundial, un hecho que parece que fue definitivo en su carrera.

Eficaz secundario, destacó en superproducciones dirigidas por directores tan destacados como Sturges, Aldrich, Fleischer, Preminger o el tándem Powell-Pressburger como La gran evasión, El vuelo del fénix, El factor humano y, como protagonista, en su papel de psicópata en El estrangulador de Rillington Place, quizá su mejor trabajo.

En resumen, un gran actor y director amante del cine épico, que siempre buscó el puente más lejano que rodar.

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