Yo soy Espartaco: cuando Kirk Douglas tumbó las listas negras de Hollywood

Por Xavi Granda

Acabo de devorar el librito (apenas 186 páginas) que Kirk Douglas publicó hace un par de años sobre el rodaje de Espartaco. La edición española, a cargo de la extraordinaria editorial Capitán Swing, ha llegado a las librerías este mes de septiembre. 50 años después del tormentoso rodaje, el protagonista de El loco del pelo rojo y Los vikingos ajusta cuentas con el pasado, ofrece un puñado de anécdotas impagables y deja un par de momentos de excelente literatura.

Tras un prólogo introductorio de George Clooney, Douglas inicia la obra, en la que cada capítulo comienza con citas alusivas de los personajes de Espartaco, resumiendo uno de los procesos más bochornosos de la historia: la caza de brujas impulsada por el senador McCarthy y cómo la carrera de mucha gente con talento se vio destruida de un día para otro. Y, lo que es más terrible, la mezquina actitud de unos cuantos que, como dijo Orson Welles, “no lo hacían por salvar sus vidas, sino por salvar sus piscinas”, y que no dudaron en incriminar a muchos compañeros.

Dos de los autores incluidos en las listas negras son el origen de Espartaco: el novelista Howard Fast (un pionero de la autoedición, ya que ninguna editorial se atrevió a vender su libro sobre el esclavo que hizo temblar Roma, y que acabó vendiendo miles de ejemplares de su obra por correo) y el gran guionista Dalton Trumbo, premiado con varios Óscar. Ambos acabaron en la cárcel por no delatar a nadie y tuvieron que sobrevivir firmando con pseudónimo y con cachés muy inferiores a su valía.

Trumbo: 

En paralelo, Douglas se casó, se divorció, se enamoró de Pier Angeli y la relación naufragó y se casó con Anne Buydens. Se convirtió en una superestrella y puso en marcha su productora, que bautizó con el nombre de su madre Bryna. Tras varios proyectos, rodó con Stanley Kubrick Senderos de Gloria y se hizo rico con Los Vikingos. Hasta el día de su 42 cumpleaños, cuando el productor Eddie Lewis le da la novela de Fast, y Douglas hipoteca su vida y su carrera para rodar una película legendaria.

La primera dificultad fue competir con otro estudio, que quería poner en marcha otra película sobre gladiadores, protagonizada por Yul Brynner. La redacción del guión fue otra tortura, ya que la primera versión (del propio Fast) era ilegible y, cuando Trumbo se puso manos a la obra, fue el propio Lewis el que tuvo que hacer de actor y fingir que lo escribía él, ya que se temía que si se sabía que un guionista considerado rojo estaba detrás, la producción se hundiría.

La búsqueda del reparto y del director fue otro de los grandes quebraderos de cabeza: en un viaje a Inglaterra, Douglas reclutó a Laughton, Ustinov y Olivier, que estaba obsesionado con dirigirla. Una serie de coincidencias y problemas de agenda hicieron que la silla del realizador recayera en Anthony Mann (me temo que recordado principalmente en España por su fugaz matrimonio con Sara Montiel). El puesto le duró apenas un par de semanas de rodaje, cuando se llamó de urgencia a Kubrick para dirigir la epopeya.

Kubrick en España:  

No pretendo hacer spoilers, así que citaré por encima la muerte en accidente aéreo del primer productor, Michael Todd (esposo de Liz Taylor), los graves problemas matrimoniales entre Lawrence Olivier y Vivien Leigh, el insoportable humor de Charles Laughton, las ansias autorales de Peter Ustinov y la colisión con el ego de Trumbo, o la decisión de cambiar de protagonista femenina: la glacial alemana Sabine Bethman fue sentenciada por Kubrick y sustituida por Jean Simmons.

Bethman y Simmons:

Capítulo aparte merecen los roces entre director y actor-productor-especialista (no quiso que le doblaran en las escenas de riesgo), y que no desvelaré, un presupuesto que prácticamente se multiplicó por diez de lo inicialmente establecido, la necesidad de rodar más escenas de batalla, para las que fue preciso contratar a medio ejército español, y los numerosos choques con la censura y el código Hays, especialmente la historia de la famosa escena de las ostras y los caracoles entre Olivier y Tony Curtis y cómo, casi medio siglo después, pudo ser restituida en el metraje original.

El libro acaba, como he comentado, con dos anécdotas antológicas: la restitución de Trumbo, de la mano de Douglas, como guionista fundamental de Hollywood y el ilustre espectador de uno de los primeros pases. El epílogo repasa cómo fueron las vidas de todas las personas involucradas en un rodaje que fue más que una aventura y que acabó siendo reconocida con 4 Óscar (alguno con anécdota, como no podía ser de otra manera).

Kirk Douglas, uno de los pocos mitos de la edad de oro del cine y a punto de cumplir 100 años, firma así un hermoso broche a su carrera. Quién sabe si lo que cuenta es cierto, lo importante es que, cuando empieza la inolvidable fanfarria de Alex North, aparecen los títulos de crédito de Saul Bass, con un reparto de ensueño, un guionista que se pasó más de una década sin poder firmar con su nombre y un director llamado Stanley Kubrick. Y nada más cerrar la última página del libro, y de ver las numerosas imágenes que lo ilustran, me dieron ganas de volver a ver una vez más la historia de Espartaco.

Título: Yo soy Espartaco. Rodar una película, acabar con las listas negras

Autor: Kirk Douglas

Editorial: Capitán Swing

Traducción: Ricardo García Pérez

Páginas: 187

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