Birdman: superpoderes cotidianos

Por Xavi Granda

La nueva película de Alejandro González Iñárritu comienza con la fanfarria de la Fox y un fundido en negro, con un solo de batería. Las letras de los créditos comienzan a aparecer y vemos una imagen subliminal de un paisaje marino, con aves. Pasamos a un modesto camerino, en Broadway. Luego sabremos que es en el St. James Theater. Y vemos al protagonista de la película levitando en la posición del loto, de espaldas. Sí, levitando en el aire.

Con esos pocos elementos, en apenas un minuto, que quizá hubieran supuesto una tomadura de pelo en manos de otro realizador, entramos en el fascinante mundo de un actor llamado Riggan Thompson –un Michael Keaton en estado de gracia, candidato número uno a llevarse el Óscar– que fue una superestrella del cine de superhéroes, con varias entregas de Birdman, el personaje que da título a la película y que muestra muchas semejanzas con su historia personal y sus películas de Batman.

Thomson arriesga tanto su nombre como su fortuna para levantar una función basada en el relato de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor. Es consciente de que es su última oportunidad profesional (y quizá personal): está a punto de realizar los preestrenos con público, pero sabe que la obra no funciona, por lo que utilizará sus superpoderes para cambiar parte del reparto.

Con estas premisas, que como digo podrían parecer una bobada, Iñárritu filma una película apasionante sobre segundas oportunidades, sobre el supuesto prestigio del teatro sobre el cine, sobre la influencia fundamental de las redes sociales, sobre el poder demoledor de una crítica en los medios (en este caso en el New York Times), sobre estrellas de Hollywood que se prostituyen en películas de superhéroes (ojo a los demoledores chistes, con dardos dirigidos a George Clooney, Jeremy Renner o Ryan Gosling, entre otros) y, sobre todo, sobre relaciones personales de amor, odio, cariño y admiración, todo mezclado (con su hija, una enorme Emma Stone; con su agente, que encarna muy bien Zach Galifianakis, muy alejado de sus papeles de graciosillo; con su exmujer, la siempre eficaz Amy Ryan y con el resto de compañeros actores: un Edward Norton que está a punto de robar la película y que demuestra que quizá es, con Jeff Bridges, el mejor actor vivo, y que está secundado por una estupenda y frágil Naomi Watts y por la revelación Andrea Riseborough). En definitiva, sobre arriesgarlo todo, sobre desnudar el alma y apostarlo todo al arte en vez de al cine comercial y por escuchar a las voces de nuestro cerebro.

Keaton aporta, como comento, aspectos reales de su personaje, creando una composición de fragilidad y miedo que aterra y fascina (no tiene pudor en quitarse la peluca en plano), y que se convierte en un auténtico tour-de-force por la apuesta de Iñárritu por el plano-secuencia, que además de mostrarnos las tripas del teatro, obliga a los actores a echar el resto en cada escena y que propicia que el responsable de fotografía Emmanuel Lubezki se luzca de nuevo, tras su Óscar de Gravity.

El resultado, rodado en un par de localizaciones y mayoritariamente en interiores, es asombroso, y más cuando el director mexicano riza el rizo y apuesta por una banda sonora de batería jazzera de Antonio Sánchez, que se intercala al final de la cinta, en los momentos oníricos, con música maravillosa de Ravel, Mahler, Tchaikovsky o Rachmaninoff.

La sonora disputa entre el director mexicano y su guionista Guillermo Arriaga parecía que iba a echar a la cuneta la carrera de Iñárritu. Tras el viaje multicultural de Babel, nos sumergimos en la sordidez del extrarradio de Barcelona de Biutiful. Ahora, con un guion propio y de otros tres escritores más, nos subimos al tren que nos lleva al corazón del imperio, junto a Times Square, donde tiene lugar una de las escenas culminantes de Birdman. ¿Dónde nos llevará su siguiente viaje? Da igual, merece la pena dejarnos llevar por él: no nos creemos lo que estamos viendo, pero nos fascina, que es lo que importa.

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