La teoría del todo y Whiplash: conocer nuestros límites (y superarlos)

La relación entre el físico teórico más importante de la segunda mitad del siglo XX y su esposa y cómo un joven baterista vende su alma a su sádico profesor para ser el mejor músico del  mundo. Dos historias radicalmente distintas que se estrenan hoy viernes, pero con más puntos en común de lo que se podría pensar a primera vista.

La teoría del todo adapta el libro que escribió Jane Hawking, y supone un triunfo para Eddie Redmayne, catapultado al estrellato por su increíble transformación como Stephen Hawking. Ganador del Globo de Oro hace un par de días, ha entrado en las quinielas de los Óscar con un papel de discapacitado que tanto gusta a la Academia. Recuérdense Mi pie izquierdo, Rain Man, Sling Blade, etc.

El trabajo del actor británico es asombroso y ya solo por eso merece la pena ver la cinta (en versión original, obviamente). El esfuerzo físico, gestual y vocal es muy destacado y lanza a Redmayne a la primera línea del estrellato. Le da la réplica una extraordinaria Felicity Jones, con una naturalidad de matices a destacar. Hay al menos un par de secuencias entre ambos, ya avanzada la enfermedad, para el recuerdo.

La película está dirigida por James Marsh, que ganó en 2008 el Óscar al mejor documental por la estupenda Man on wire, que, por esas extrañas razones que solo Hollywood entiende, ahora Robert Zemeckis ha adaptado. Su realización es correcta, con algunas escenas poderosas –como las que comentaba–, que alterna con alguna otra postalita más cursi y con imágenes de mucho grano, que simulan las películas caseras de súper 8. Deben recordarse también las imágenes simbólicas de espirales de galaxias que pueden surgir de sitios tan inesperados como un café con leche. La música juega un importante papel en la trama, con una buena banda sonora de Johann Johannsson, que se alterna con composiciones clásicas de Wagner, especialmente una, en una escena culminante.

La tremenda relación entre una persona que sufre una enfermedad degenerativa y la mujer que lo ama pese a todo (y que renuncia a su carrera como investigadora) desdibuja el resto de personajes, excepto el encarnado por Charlie Cox. Llama la atención el brevísimo papel de mera comparsa de la gran Emily Watson, muy lejos de aquella maravillosa Rompiendo las olas.

La historia de amor está muy bien contada, con un buen crescendo final con el que me quedo (no hay spoilers) con la frase: “Mientras hay vida, hay esperanza”, y que hace que afloren los pañuelos en la sala. Tras derrumbarse con el diagnóstico inicial, Hawking afronta reto a reto con un encomiable sentido del humor y con el impagable apoyo de su esposa. Un ejemplo humano digno de tener en cuenta.

Superar los límites

Whiplash cuenta otra historia diferente: un chaval entra en un prestigioso conservatorio, con el objetivo de convertirse en un gran baterista de jazz. Por el camino se cruza con uno de esos profesores que hemos tenido todos y con los que la mera aparición de su sombra en el umbral de la puerta provocaba escalofríos. El joven es Milles Teller, que hace un gran trabajo con las baquetas, muy físico, en el que llega, literalmente, a derramar sangre sobre los timbales.

La contrapartida la ofrece el gran J.K. Simmons, en un papel en la onda de los instructores sádicos tipo Oficial y Caballero o La chaqueta metálica, que le ha proporcionado todas las papeletas para ganar el Óscar al mejor actor secundario, tras ganar también el domingo por la noche el Globo de Oro.

Rodada en apenas 19 días, el director y guionista Damien Chazelle plantea un debate muy interesante: ¿hasta qué punto nos dejaríamos humillar, incluso que nos abofeteen y nos insulten, para convertirnos en el mejor artista del mundo? ¿dejaríamos a una mujer maravillosa porque se interpone con este objetivo? ¿y que nuestros hijos fueran literalmente machacados para conseguir su sueño? Para mí, la respuesta está muy clara.

La música, especialmente el jazz y los solos de batería, juega un papel fundamental en esta cinta independiente, que ha ido ganando galardones en todos los festivales desde que arrasó en Sundance.

Lejos quedan otros ejemplos de mentores que apasionan a sus alumnos por la música, desde Sonrisas y lágrimas a Profesor Holland o School of Rock. El objetivo ahora es una metáfora del mundo en que vivimos: ser el número uno, al precio que sea, llegar a nuestro límite, superarlo y deshumanizarnos. O decir basta y ser persona. Un dilema, sin duda.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s