El Renacido: Primer plano. Venganza en la nieve roja

Han transcurrido unas horas desde que he visto el nuevo largometraje de Alejandro González Iñárritu y sigo en shock. Una película apabullante, excesiva, violentísima, que te mete dentro de la pantalla como hacía tiempo que no me pasaba. Y con un Leonardo DiCaprio que lo da todo para contar esta historia de venganza y supervivencia, inspirada en hechos reales, y que han sido recogidos en una novela de Michael Punke.

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Este proyecto lleva nada menos que 15 años dando vueltas por los despachos de las productoras de Hollywood, con repartos encabezados por actores tan dispares como Samuel L. Jackson o Christian Bale. Finalmente, Iñárritu se puso al frente, pero diferentes retrasos hicieron que se le colara por el medio la excelsa Birdman, que ya comentamos por aquí. Y me preguntaba cuál sería la siguiente estación.

Pues bien, ya hemos llegado, el giro es copernicano: la película cuenta una historia de frontera del salvaje –aquí salvajísimo, brutal– Oeste. Los tramperos estadounidenses se llevan todas las pieles que pueden de Dakota y los indios, con toda la razón (y azuzados por los franceses), deciden dedicarse a la caza del hombre blanco, en una primera escena rodada en plano secuencia que ya quita el aliento.

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Con este punto de partida, la trama, explicada de forma somera y sin spoilers, es esta: los supervivientes de la masacre entienden que la huida río abajo en barco se convierte en una solución provisional. Emerge la figura del explorador Hugh Glass, que encarna DiCaprio, que recomienda escapar a pie y buscar refuerzos.

Al poco de comenzar la marcha, Glass sufre un impresionante accidente de caza, lo que retrasa la marcha del grupo y motiva que finalmente sea dado por muerto y abandonado. Pero, inexplicablemente, sobrevive. Y el afán de venganza motivará su larguísimo viaje en busca de los que le dejaron atrás.

Curiosamente, esta historia ya fue llevaba al cine en 1971, pero rodada en la sierra de Ávila y con el título de El hombre de una tierra salvaje. Richard Harris repitió el esquema (y casi el título) de Un hombre llamado caballo, con John Houston de coprotagonista y dirección de Richard C. Sarafian, en un western naturalista que llegó a influir en el Dersu Uzala de Akira Kurosawa.

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Como comentaba, el uso del plano secuencia es fundamental en El renacido, así como unos primerísimos planos, que nos meten tanto en la historia que nos parece incluso que sentimos el aliento de los personajes. O que apuntamos nosotros desde la mira del fusil. La fotografía de Emmanuel Lubezki es impresionante, usando luz natural y reflejando esa naturaleza que es a la vez maravillosa e implacable. En este punto, se nota la influencia del estilo de John Toll, que Terrence Malick eligió para La delgada línea roja (y que el propio Lubezki usó en El nuevo mundo).

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El guión, firmado por el propio Iñárritu a partir de una primera versión a cargo de Mark L. Smith, es un balance perfecto de tramas: personajes que se persiguen unos a otros por motivos diversos, en historias cosidas con imágenes de naturaleza e interludios oníricos tan del gusto del mejicano: vemos los ciclos de la luna, los animales, los árboles, los ríos y las cascadas y las impresionantes montañas de un blanco impoluto.

A diferencia de la batería de Birdman, la delicada banda sonora de Ryuichi Sakamoto, que llevaba casi 20 años sin firmar una partitura en Hollywood (desde Snake eyes, con De Palma), remata un conjunto sobresaliente.

Reitero que los paisajes naturales de Canadá, Montana y Argentina son uno de los principales personajes de la película. Una naturaleza helada, de supervivencia, que mata, pero que también renace, como indica el título de la película. Una naturaleza en la que los humanos se matan unos a otros sobre una nieve que se vuelve roja. Y que se tienen que comer crudos a los animales que cazan. O, directamente, convertirse en unos carroñeros más de la cadena alimentaria, mordisqueando los huesos que otros han dejado atrás, hasta sacarles el tuétano.

Como curiosidad, hay que citar que las escenas en Argentina no estaban previstas, pero la demora de la producción –por la obsesión muy “a la Malick” por rodar con luz natural– hizo que la nieve se acabara deshaciendo y hubiera que buscar localizaciones alternativas.

En la parte actoral, DiCaprio está sobresaliente. Realiza una actuación tremendamente física, en la que es vapuleado, arrastrado, sumergido en ríos de aguas gélidas, lanzado por precipicios, obligado a sobrevivir en unas condiciones que te llevan a pensar que, sin duda, los pioneros del Oeste estaban hechos de otra pasta. No destriparemos nada, pero debe señalarse que, convencido vegetariano, tuvo que ingerir alimentos que jamás imaginó que comería…

Al ser una película tan de primerísimos planos y con poco diálogo –y con personajes embutidos en pieles para soportar el intenso frío– los ojos de DiCaprio se convierten en protagonistas fundamentales. Unos ojos que intentan expresar y comunicar y que dejan al espectador clavado en su butaca al final de dos horas y media de cine apasionante.

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La réplica la da Tom Hardy, quizá el actor más en forma ahora mismo (con el permiso de Michael Fassbender). Un auténtico inmisericorde, pero que no roza la caricatura que con tanta frecuencia bordan los villanos de Hollywood. Al parecer, Hardy se inspiró en el personaje del sargento Barnes encarnado por Tom Berenguer en Platoon. Y a la vista está que hizo los deberes.

El joven Will Poulter se consagra en su papel secundario, así como la estrella en alza Domhnall Gleeson. Los personajes femeninos, pese a tener menos tiempo en pantalla, son determinantes.

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En resumen, Iñárritu sube un escalón más en su consideración de rey Midas del cine, firmando una obra maestra del western, ese género que se lleva enterrando medio siglo, pero que sigue vivo.

La previsible cosecha de premios, unido a las jugosas recaudaciones, le permitirá asumir proyectos aún más ambiciosos. El renacido queda como una epopeya para disfrutar en pantalla grande y para reflexionar sobre si la venganza es un motor que mueve el mundo, en un paisaje inhóspito, bello y amenazador. O en la jungla urbana en la que vivimos.

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