Nancy Davis, las piernas cortadas de Reagan y la inspiración de la música de Star Wars

El pasado 6 de marzo murió en su casa de Bel Air Anne Frances Robbins, que tuvo una corta carrera en Hollywood con el nombre de Nancy Davis, y que ha pasado a la historia como Nancy Reagan. Y, como mi cerebro no para, este fallecimiento me ha llevado a un divertido recorrido que finaliza de una manera inesperada.

Comencemos. Originaria de Nueva York, su madre se traslada a Chicago al casarse con un famoso neurocirujano apellidado Davis y a Anne le cambian nombre y apellido al ser adoptada por su padrastro cuando tenía catorce años. Tras licenciarse en literatura y filología inglesa, comienza a trabajar en un gran almacén y como enfermera, y con la ayuda de Spencer Tracy –conocido de la familia– debuta como actriz de teatro.

Con 28 años, y tras trabajar en un musical en Broadway con Yul Brynner, logra fichar por MGM y comienza una corta carrera en el cine, pese a coincidir con estrellas como Glenn Ford o Ray Milland. Con Barbara Stanwyck, James Mason y Ava Gardner protagonizó un pequeño papel en Mundos Opuestos (East Side, West Side), creo que la única de las películas en las que participó que se estrenó en España. Dirigió Mervyn LeRoy.

En 1952 se casó con otro actor, Ronald Reagan, y al año siguiente protagoniza un clásico de la serie B de la ciencia ficción, El cerebro de Donovan. Esta película fue parodiada por Carl Reiner en 1983 en El hombre con dos cerebros, con Steve Martin.

Su penúltima película, Hellcats of the Navy, fue la única en la que coincidió con su esposo, una cinta de submarinos de 1957. Tras aparecer en un puñado de series de televisión, se retiró de la actuación en 1962.

La muerte de Nancy Reagan me llevó a pensar en la también corta carrera en el cine de su marido Ronald, devenido el presidente estadounidense más improbable del siglo XX (recuérdese el antológico gag de Doc Brown en Regreso al Futuro, que no da crédito que un actor tan malo esté en la Casa Blanca). El caso es que empecé a pensar en una película que vi de chaval en la tele en la que –atención, “spoiler”– al personaje de Ronald Reagan le cortaban las piernas tras sufrir un accidente. Todavía recuerdo los gritos de “mis piernas, mis piernas, ¿dónde están mis piernas?”, mientras miraba aterrorizado bajo las sábanas.

Gracias a Internet no sólo he podido saber qué película es, sino incluso que la vi cuando tenía 11 años, el viernes 18 de febrero de 1983. Esta asombrosa página me ha dado la respuesta, y la película se pasó con su título original, Kings Row, aunque los estupendos distribuidores españoles habían rebautizado el largometraje con el manido Abismo de pasión (no confundir con la adaptación de Cumbres borrascosas que dirigió en México Luis Buñuel con el título de Abismos de pasión).

Tengo un buen recuerdo de la película, aunque no la he vuelto a ver en todos estos años: un melodrama dirigido en 1942 por Sam Wood, que tiene lugar a finales del siglo XIX y que cuenta la vida de unos chavales en la inventada localidad que da nombre a la cinta. Reagan siempre dijo que fue su mejor papel en el cine y, de hecho, tituló su autobiografía de 1965 con la famosa frase del guion al no ver sus piernas. Supuestamente, preparó mucho la escena, hablando con amputados y médicos sobre cómo reaccionar a un “shock” así. Además, aquel día durmió poco. Y Wood no le dejó ensayar, lo que fue un acierto, porque la toma salió a la primera.

(Con Ann Sheridan, protagonista de Kings Row)

Por cierto, que veo en imdb que la película fue un gran éxito, que Reagan no pudo capitalizar, ya que fue llamado a filas. Y que, además, intentó escaquearse, argumentando que tenía mala vista.

Pero el caso es que alguien que admiro me había hablado hace años de esta película. Y esta línea de pensamiento me ha permitido cerrar el círculo. Se llama Óscar Giménez, es una de las personas con las que me he cruzado que más sabe de bandas sonoras y es uno de los responsables de la estupenda web Bso Spirit y coorganizador de extraordinarios festivales de música de cine.

Hace años, en una espera interminable en un aeropuerto, Óscar me habló de la evidente similitud “de la banda sonora de Star Wars con la banda sonora de una película llamada Kings Row, con varias notas muy similares”. Y, efectivamente, cuando se compara la banda sonora de E.W. Korngold con la partitura de John Williams, el parecido es más que evidente.

Al parecer, Korngold había tenido un exitazo con La vida privada de Elisabeth y Essex. Mimbres había: dirigió Michael Curtiz, con un elenco encabezado por Bette Davis, Errol Flynn y Olivia de Havilland (ojo, que cumplirá el 1 de julio 100 años).

Según su biógrafo Brendan Carroll, cuando le dieron el título del nuevo proyecto, entendió que sería otra película sobre asunto real, por lo que escribió una fanfarria con mucha trompetería. Al advertirle de su error, no descartó lo que había compuesto. Y acertó, porque la banda sonora fue un éxito absoluto y Warner se vio inundado de solicitudes de partituras. Curiosamente, no fue nominado al Oscar de ese año: la película recibió tres candidaturas (película, director y fotografía), pero no ganó ninguna porque era el año de La señora Miniver.

Remato la historia contando que George Lucas, cuando encargó a Williams la fanfarria de apertura de la banda sonora de la saga galáctica, le pidió expresamente que se inspirara en las películas de espadachines de Errol Flynn de los años 30 y 40. Y recuerdo a Carlos Pumares señalando las evidentes evidencias con un tema de Korngold que llamaba La marcha de los arqueros. No he encontrado nada con ese nombre, pero esta marcha me suena también muy parecida a La marcha del Imperio.

En espera de opiniones y comentarios, me despido.

P.D. Gracias a la hemeroteca “online” de ABC, puedo advertir que el día que vi Kings Row rematé la jornada por la noche viendo Las truchas, en La Clave, que era la película que ilustraba el debate sobre la intoxicación con aceite de colza adulterado (que también miré). Sí, yo era un niño raro, no me gustaba el Un, dos, tres.

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