Mi amigo el gigante: Volver a ser un niño

En principio, la ecuación parece imbatible: el director más taquillero de la historia adapta al autor infantil más exitoso de la historia. Steven Spielberg y Roald Dahl, una fiesta para los fans de uno y otro (o de ambos). Y la sensación final es agridulce: Mi amigo el gigante es una película que no está mal, pero que promete mucho más de lo que da a la postre.

Una de las primeras obras de Dahl fue, curiosamente, los Gremlins: se reunió en 1943 con Disney para trasladarla a la gran pantalla. Y se guardó en un cajón hasta que la productora de Spielberg la convirtió en uno de los mayores éxitos de 1984. Ahora, el director de ET ha adaptado BFG (siglas de Big Friendly Giant), que Dahl consideraba la mejor de sus historias, cuando ha considerado que la tecnología había avanzado lo suficiente. Y también bajo el paraguas de Disney.

Debe indicarse que hay una adaptación de 1989 en dibujos animados de esta obra, titulada B.A.G. El buen amigo gigante, dirigida por Brian Cosgrove.

El guion de la recientemente desaparecida Melissa Mathison cuenta la historia de una pequeña huérfana londinense que, en una noche de insomnio, ve a un gigante desde la ventana de su orfanato. La criatura, para garantizar su anonimato, la secuestra y la lleva a su isla, donde la tendrá que esconder, pues sus compañeros son devoradores de niños.

Y la película es, al final, un espectacular carrusel de efectos especiales de 140 millones de dólares: desde los extraordinarios desplazamientos del gigante –encarnado por Mark Rylance, nuevo actor fetiche de Spielberg–, la maravillosa guarida o los increíbles sueños multicolores embotellados. También son muy destacables el resto de gigantes, con alguna secuencia de acción que quita el aliento.

Pero, al final, la base es un relato breve que se estira hasta casi las dos horas, lo que provoca que haya momentos aburridos, un pecado mortal en una película infantil. Los añadidos de Mathison a la obra de Dahl (como las alusiones a Dickens), aportan poco o nada. Y la relación de amistad entre niña y gigante queda desdibujada en una trama que se estira y estira y estira.

Rylance (concretamente su cara) está excepcional, en un papel con numerosos juegos de palabras que espero que no pierdan la gracia en el doblaje. Le da la réplica la pequeña Ruby Barnhill, tan bien elegida como todos los niños de las películas de Spielberg. Mención elogiosa también para Rebecca Hall, con un pequeño y lucido papel. La fotografía de Janusz Kaminski es estupenda, tanto en decorado como en los exteriores de Canadá o Escocia, con una escena final con helicópteros que quita el aliento. La música de John Williams es una maravilla: se nota su marca de fábrica, con apuntes a lo Danny Elfman que llaman la atención y otros momentos orquestales verdaderamente brillantes. Todos los elementos aportan, pero por separado: la película es agradable, pero no es el ET de la primera década del siglo XXI. Y quizá eso es lo que pretendía (y no ha logrado) Spielberg.

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