La enfermedad más cruel y el hombre con más suerte del mundo

Por Xavi Granda

Mañana martes, 28 de febrero, se celebrará el día de las enfermedades raras, un tema que me preocupa especialmente. Dar voz a los sin voz creo que es una de las obligaciones del periodista. Por eso quiero hablar de la que es, probablemente, la primera película que abordó una enfermedad rara. Enfermedad, por cierto, que no cita por su nombre en todo el metraje.

La película se llama El orgullo de los Yankees y cuenta la historia del jugador de béisbol Lou Gehrig, diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) a finales de los años 30. De hecho, en Estados Unidos y otros países de su órbita, a la ELA se la conoce como la enfermedad de Lou Gehrig, aunque han transcurrido casi 80 años desde su fallecimiento.

Resulta difícil darse una idea de la talla de Gehrig, apodado ‘El caballo de hierro’: jugó durante 13 temporadas más de 2.000 partidos consecutivos con los Yankees de Nueva York, hasta que la enfermedad lo retiró y acabó causando su muerte a los 37 años. Su récord de partidos seguidos tardó más de medio siglo en batirse.

La progresiva degeneración de los músculos que causa la ELA provocó un evidente bajón en su juego, que causó todo tipo de rumores. Al final, consciente de sus limitaciones, decidió retirarse el 4 de julio de 1939 y pronunció un emocionante discurso, que supone el culmen de la película, durante el homenaje que se realizó ante 60.000 personas en el Yankee Stadium. Por cierto, en esa ceremonia se retiró su número –el 4–, era la primera vez que se hacía en el béisbol.

La cinta, dirigida por Sam Wood, se estrenó en marzo de 1943, en plena incertidumbre de la II Guerra Mundial y solo año y medio después de la muerte de Gehrig. Los títulos de preámbulo ya anuncian el trágico destino del jugador de béisbol, porque era evidente que todos los estadounidenses conocían la historia (otra cosa debió ser el spoiler para los espectadores del resto del mundo y los que la ven por primera vez a día de hoy).

Curiosamente, el productor Samuel Goldwyn no estaba convencido de rodarla, ya que consideraba que las películas deportivas eran veneno para la taquilla. Pero, al ver el ya citado discurso de despedida, dio luz verde a la producción. Como protagonista se eligió a Gary Cooper, tras descartar a otras estrellas como Spencer Tracy o Cary Grant e, incluso, a jugadores profesionales de la época.

Cooper, por cierto, no tenía ni idea de béisbol, aunque se daba un aire a Gehrig (además se llevaban apenas un par de años). Tuvo, por tanto, que aprender a batear y estudiarse las normas de juego. Para sumar dificultad al papel, él era diestro y tuvo que aprender a usar la izquierda para todo, como hacía el jugador, y aparentar que su bateo era digno de las Grandes Ligas. Analizó también todas las fotografías disponibles, hasta el punto en que la viuda le felicitó públicamente por captar sus gestos y miradas.

El verdadero Gehrig

La película arranca con el joven Lou, que destaca desde muy chaval dándole al bate más fuerte que nadie, en el seno de una humilde familia neoyorquina de emigrantes alemanes. Aunque su destino parece encaminarle hacia la ingeniería, una enfermedad de su madre –eje sobre el que gravita toda la familia– hará que se haga profesional, para poder pagar las facturas de la clínica.

De los pocos detalles que chirrían de esta magnífica película es que Cooper tenía 41 años cuando la rodó, por lo que no es nada creíble cuando interpreta al Gehrig estudiante universitario. También ‘canta’ un poco el doble de cuerpo, especialmente en las escenas en el campo de juego.

Obviando estos nimios detalles, la interpretación de Cooper es asombrosa, con momentos que ponen los pelos de punta, manejando miradas, silencios y voz de una manera maravillosa. Estaba en la cumbre de su carrera: el año anterior ganó su primer Óscar –por Sargento York–, fue nominado por esta que hablamos y volvió a ser nominado al año siguiente gracias a Por quién doblan las campanas. Le batieron, respectivamente, James Cagney (por Yankee Doodle Dandy) y el olvidado Paul Lukas, por Vigilancia en el Rhin, una cinta coyuntural sobre la II Guerra Mundial, con guion de Dashiell Hammett, basado en la obra de teatro de su pareja Lillian Hellman, que también escribió diálogos. Cooper todavía ganaría dos Óscares más, uno por Solo ante el peligro y otro honorífico.

La trama va avanzando, narrando las hazañas deportivas y las bromas y la camaradería del mítico equipo de los Yankees, dirigido por Babe Ruth, una leyenda que se interpreta a sí mismo.

Cooper, con el auténtico Babe Ruth

Como narrador, se opta por un periodista deportivo (encarnado por Walter Brennan), basándose en la figura real de Fred Lieb, que era íntimo amigo de Gehrig. La réplica se la da Dan Duryea, repitiendo uno de sus habituales papeles de mala persona, aquí un plumilla cenizo y rencoroso.

En uno de los viajes para jugar en otros campos, Gehrig conoce a Eleanor, de la que se enamora, encarnada por la soberbia Teresa Wright. Ella también estaba en una racha irrepetible: en menos de dos años debutó en el cine, rodó tres películas y fue nominada por las tres al Óscar, ganando uno.

El repaso a esta carrera meteórica quita el aliento: en 1941, La loba (también basada en una obra de teatro de Lillian Hellman); en 1942, La señora Miniver (premio a la mejor actriz secundaria) y El orgullo de los Yankees. Al año siguiente, rodó con el maestro Hitchcock La sombra de una duda. Y en 1946, Los mejores años de nuestra vida, ganadora de siete estatuillas.

Y, como no puede ser de otra manera, su interpretación es extraordinaria, con momentos estremecedores: de la joven enamorada a la fragilidad al ver la progresiva enfermedad de su esposo. Como curiosidad, la viuda de Gehrig prefería a actrices más veteranas como Barbara Stanwyck o Jean Arthur, pero el resultado final la terminó de convencer. De hecho, tenía libertad para cambiar el montaje final y optó por no realizar ninguna modificación. Incluso aparecen las tiranteces con su suegra.

Al llegar al nudo de la cinta, se unen tres hilos argumentales: el béisbol, la convivencia en pareja y el progresivo declive. La forma en que está tratada la enfermedad es de una delicadeza que corta el aliento, con un excelente guion de Jo Swerling y Herman Mankiewicz, y en el que también trabajaron otros escritores sin acreditar.

Es especialmente destacado el momento del diagnóstico de la enfermedad, usando símiles deportivos. La voz de Cooper, en la versión original, es verdaderamente estremecedora. Y nos lleva a dos escenas finales demoledoras: la primera es la despedida de Eleanor cuando Gehrig va hacia el estadio para su homenaje y le entrega un objeto real del deportista, un brazalete en el que engarzó todas sus medallas y que hoy está en el salón de la fama del béisbol.

Eleanor Gehrig, con el brazalete de su esposo

La segunda es el monólogo de Cooper, por el que ha pasado a la historia la película. De nuevo, una demostración de su versatilidad y del potencial de su voz para emocionar, especialmente cuando se autoproclama “el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra”.

El final de la película me dejó un nudo en la garganta, con la camiseta número 4 de los New York tragada por las sombras del vestuario, con la estupenda música de Leigh Harline y la voz del locutor del estadio gritando que el juego debe comenzar.

El orgullo de los Yankees ganó únicamente el Óscar –al mejor montaje– de los once a los que optaba. En plena guerra, era el año de la ya citada La señora Miniver, que arrasó. Poco importa, la película sigue emocionando, con premios o sin ellos. Y aunque no se tenga ni idea de ese deporte que apasiona a los estadounidenses.

A día de hoy, la ELA sigue sin cura, aunque es una de las enfermedades raras más estudiadas y hay varios tratamientos prometedores en experimentación. Stephen Hawking cogió el triste relevo de ser la imagen de la enfermedad y también hablamos por aquí de su película y su historia, hace un par de años.

Acciones como el cubo de agua helada han permitido dar una gran visibilidad a la enfermedad, que ojalá, dentro de muy poco, sea conocida como la enfermedad que tuvo Lou Gehrig y de la que se hubiera curado a día de hoy.

P.D. Lamentablemente, la copia en la que he visto la película en DVD es deleznable. Recomiendo encarecidamente huir de la edición de la empresa Coastline Pictures: la imagen es mala, el sonido en inglés está cortado y no tiene subtítulos. Una pena.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s