Los papeles del Pentágono: periodismo en tiempos de posverdad

Steven Spielberg estrena, lo que es una buena noticia. Y, además, en un par de meses nos llega la esperadísima Ready Player One, así que la dicha es doble. The Post, retitulada como Los papeles del Pentágono (¿es necesario cambiar el título?) es un thriller político-periodístico escrito por Liz Hannah (que, además, coproduce) y re-escrito por Josh Singer, que fue galardonado hace un par de años con el Óscar por Spotlight, un guión de temática similar. Y protagonizado, nada más y nada menos, que por Meryl Streep y Tom Hanks, acompañados por un estupendo reparto de secundarios.

Con esta base es evidente que se puede realizar una estupenda película. Y es lo que ha hecho el director de ET. La situación se sitúa en un momento tan convulso como el apogeo de la guerra de Vietnam, cuando comienza a darse por hecho que EEUU va a perder la contienda. Y, aun así, se siguen mandando tropas de reemplazo directamente al matadero.

En este contexto, el periódico Washington Post vive un momento clave: Katharine Graham ha tenido que hacerse cargo de la empresa, tras la repentina desaparición de su marido. Él debía ser el encargado de convertir una cabecera local en un diario con influencia mundial, mediante la salida a bolsa, lo que haría que la familia perdiera parte del control. Y la responsabilidad recae en su viuda, educada para ser ama de casa.

En medio de este proceso, la filtración de los papeles del Pentágono que demuestran cuál ha sido la situación en Vietnam desde un principio –y que dan título a la película– pondrán en riesgo toda la operación: si se publican, la ofensiva judicial de la administración Nixon puede arruinar al periódico. Un Richard Nixon que Spielberg retrata como un pelele y un pirado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, en lo que seguramente es un guiño al inquilino actual.

Streep está soberbia en el papel y supongo que peleará por su cuarto Óscar, para empatar en el Olimpo con Katharine Hepburn. Su transformación en Graham es asombrosa, marca de la casa y ha mimetizado el acento y los ademanes. Le da la réplica Tom Hanks como Ben Bradlee, con la difícil misión de hacer olvidar a Jason Robards. Entre los secundarios, destaca el eficaz Bob Odenkirk (‘Better call Saul’) en el papel de un reportero de raza.

La película plantea asuntos de calado, especialmente la relación entre la prensa y el poder y cómo el aprecio puede llevar a no publicar determinada información clave que puede afectar a la carrera de un político. También se reivindica el imprescindible crecimiento del papel de la mujer en el ámbito laboral y empresarial que empezaba a aflorar a principios de los 70 y que sigue siendo una asignatura pendiente.

Y Spielberg hace un canto a ese periodismo desaparecido (y que nunca volverá) de jefes fumando como chimeneas, con los pies encima de la mesa, sin teléfonos móviles, con olfato para buscar una noticia y con la adrenalina de tener una información que nadie tiene y que debe ser contrastada para montar la página con tipos de plomo y parar la rotativa para cambiar la portada para imprimir periódicos de papel que te manchaban los dedos al pasar las páginas.

La música de John Williams, sobria esta vez, contribuye a incidir en los momentos clave, especialmente un par de planos secuencia en el clímax de la trama que quitan el aliento y que nos devuelven al mejor Spielberg. Porque debe ser complicado competir contra uno mismo cuando se han firmado tantísimas obras maestras. Supongo que Los papeles del Pentágono irán al montón de ‘otras’ películas, porque en realidad la película esperada es Ready Player One.

Pero es reconfortante que, en esta época de posverdad y noticias falsas, se reivindique la necesidad del periodismo. Y, de hecho, nada más de terminar de ver la película, sientes la necesidad de ver Todos los hombres del presidente, Primera plana o El gran carnaval. Aunque, y todo hay que decirlo, el guión –con la excusa del dramatismo– reduce el papel clave que tuvo el New York Times en toda esta historia. Pero es que incluso Spielberg cae esta vez en la tentación de la posverdad.

 

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