Yo, Tonya: relaciones tóxicas, ídolos derrocados, cultura basura y ausencia de verdad

Por Xavi Granda

Reconozco que apenas recordaba el caso Harding: solo que en unos Juegos Olímpicos de Invierno, la principal favorita de patinaje artístico había sido agredida por su principal rival. Estaba equivocado en casi todo, porque esta historia de múltiples capas tiene la extraña característica de atraer solo lo superficial.

La excelente película Yo, Tonya trata de desembrollar la verdadera historia y explicar las múltiples facetas de una niña que siempre lo tuvo todo en contra y, a pesar de todo, tuvo momentos en los que pudo tocar el cielo. Además, se agradece que no sea la típica película deportiva de superación modelo Rocky que, temporada tras temporada y con mínimas variaciones cambiando de disciplina atlética, llega a la cartelera.

La cinta, impulsada, producida y protagonizada por una excelsa Margot Robbie, cuenta la historia de una niña de Portland, pura ‘basura blanca’, con un don para el patinaje. Su entorno está totalmente en contra: de un ambiente familiar tóxico -ojo al papel de Allison Janey como la madre, favorita al Oscar como secundaria- a una relación de pareja tóxica. Curiosamente, la dura disciplina atlética y unos entrenamientos espartanos es lo menos complicado de su vida.

Normalmente, en este tipo de películas, una de las mayores dificultades suele venir porque la estrella, habitualmente treintañera, tiene que pasar por todo el arco desde la preadolescencia a la madurez, algo que suele ser bastante ridículo. No es el caso, la trama escrita por Steven Rogers es tan absorbente y los personajes están tan bien definidos, que el problema de edad pasa totalmente desapercibido. El guión, además, juega a romper la cuarta pared desde el principio, simulando entrevistas o hablando directamente a cámara, lo que permite empatizar con los personajes a pesar de que son unos bufones de que y sí, nos reímos de ellos.

La estructura es arquetípica: planteamiento, nudo y desenlace. El nudo, claro, es lo que en realidad queremos ver: la agresión a Nancy Kerrigan, la bella princesa enfrentada a la fea bruja. Y así se nos anuncia durante la cinta como “el incidente”, para que no haya duda. Pero a partir de ahí (perdón por el SPOILER), la farsa se convierte en tragedia y acabamos queriendo a la desdichada Tonya, convertida por la prensa en un pim-pam-pum de la telebasura, una tendencia que comenzaba hace 20 años (recordemos aquí el caso Alcasser) y ha alcanzado cotas refinadas de indignidad. Y estremece pensar que tiene un talento maravilloso, pero que en un deporte en el que la victoria depende de cómo le caigas a los jueces, el talento no basta: hay que ser un modelo para la sociedad, que desgraciadamente Tonya no es (fin del SPOILER)

Como comentaba, Robbie está estupenda como Tonya Harding. Y los efectos especiales y el CGI consiguen que se convierta en una patinadora olímpica y que nos lo creamos. Le da la una muy buena réplica Sebastian Stan, como el desdichado marido. Me ha llamado la atención que tanto ella (australiana) como él (rumano) dan perfectamente el perfil como ‘basura blanca’ de Portland. Pero la que roba absolutamente cada una de las escenas en la que aparece es Allison Janey como la madre de la patinadora.

La dirección de Craig Gillespie es solvente y la banda sonora, con éxitos de los 80 y composiciones de Peter Nashel, encaja perfectamente tanto con la trama como con las coreografías en el hielo. Aunque extraña la ausencia de heavy-metal, la música favorita de Harding, tal y como se alude en la película que, en conjunto, es extraordinaria.

De hecho, entré en el cine pensando que vería una muestra de cultura basura y me quedé subyugado por un personaje que lo tuvo todo por un instante y (atención, SPOILER) lo perdió todo por una serie de absurdas casualidades. Porque la verdad, a veces, tiene muchas más facetas de las que se muestran en los medios de comunicación. Y, al final, en los títulos de crédito, además de las habituales tomas que nos permiten comprobar cómo se parecen los actores a los personajes reales, se ve a la verdadera Harding patinando. Y uno no puede sino quedarse fascinado ante la belleza del patinaje artístico. De ese momento único en que la niña Tonya fue feliz. Y de lo poco que dura, a veces, la felicidad.

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