Autores arrebatados

Nací el mismo año que el donostiarra Iván Zulueta rodó Arrebato, el film maldito del cine español por excelencia, pero no fue hasta mi adolescencia que la pude descubrir en formato doméstico llegándome a impactar profundamente.

Concibo este rincón como resultado de una confluencia de sentimientos arrebatados hacia un mundo tan azaroso, influyente, contradictorio, atractivo, opinable, universal, ingrato, trascendental, necesario como es el Cine, donde arte y negocio deben conciliarse, coquetear, darse la mano para que la materia pueda subsistir. Porque después de visualizar una obra audiovisual casi siempre tengo la imperiosa necesidad de analizar, reflexionar, compartir mi experiencia personal. Una experiencia que puede llegar a abarcar un amplio abanico de sensaciones; intensa, dura, imperecedera, emocionante, curiosa, pasajera, etérea, insoluble, decepcionante y en el peor (y raro) de los casos, de absoluta indiferencia.

Porque creo que toda obra cinematográfica que se precie, ante la cual el espectador invierte una parte de su valioso tiempo, merece aunque sólo sea por un instante, una simple mención, un comentario, una valoración, sobre lo que acaba de acontecer.

Porque soy incapaz de pasar por alto el sacrificado y costoso trabajo que hay detrás de un proyecto donde un determinado grupo de gente se une por un fin común; levantar, construir y narrar una historia y generar cierta repercusión entre el público.

Porque la experiencia de “ir al cine” por antonomasia, es decir, salir de casa, desplazarse, pagar una entrada, meterse en una sala oscura con butacas y esperar que se ilumine la pantalla, me ha marcado desde pequeño. Creo recordar que la primera película con la que inicié este ritual, no se exactamente a qué edad, fue la cinta de animación El Señor de los Anillos que data de 1978 y la escena que permanece en mi retina son los Hobbits escondiéndose de los caballeros oscuros. Y desde entonces, durante mis primeros años de vida he ido conservando en mi memoria momentos puntuales; removerme en mi asiento de aburrimiento con ciertos pasajes de Gandhi y Una Habitación con Vistas, emocionarme con la patada de la garza en Karate Kid, lo rápido que se me pasó la tarde con la sesión continúa de Los Goonies y Gremlins en el antiguo Cine Victoria de Madrid, siete fue el número de veces que pase por taquilla para vivir las aventuras del arqueólogo en Indiana Jones y la Última Cruzada, mi primer encuentro almodovariano con la entretenida Mujeres al borde de un Ataque de Nervios en los cines de Collado Villalba…

 Porque el Cine me ha hecho vivir experiencias perdurables, únicas, ofreciéndome un escondrijo en el que poder refugiarme, reciclarme y cargarme de energías para seguir afrontando los desafíos y retos del día a día.

Y por todas estas razones le dedico este espacio al denominado séptimo arte, aunque un momento ¿No sería más correcto decir que en lugar de hacerle un favor, muy en el fondo el favor me lo hago a mi mismo para paliar estos arrebatos?

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Cuando escribo esto, estoy a punto de cumplir cuarenta años. Una buena fecha para mirar atrás y tratar de recordar el momento en el que el veneno del cine me picó: apenas ya sabía leer cuando andaba por los “Alphaville” en Madrid viendo El Bazar de las Sorpresas del maestro Lubitsch.

Como uno ya tiene una edad, recuerdo aún cuando TVE –que era la mejor cadena que había entonces–, emitía películas de Búster Keaton los domingos a las cuatro de la tarde. O de Harold Lloyd por la noche. También recuerdo como una revelación ver El Fantasma del Paraíso en blanco y negro un caluroso verano en Calpe, Alicante.

Otros de los mejores recuerdos de mi vida han sucedido en los cines de barrio de mi infancia como “El Españoleto” (ya desaparecido, donde vi Regreso al Futuro o Indiana Jones y el Templo Maldito) o el felizmente reabierto “California”, donde me tragué todos los éxitos de los 80 en VO: El Trueno Azul, Los Goonies, Karate Kid

Después, he visto miles de películas. Algunas de ellas las atesoro en casa, tanto en VHS (por cierto, todavía funcionan las cintas) y en DVD. E, incluso, durante breves periodos de mi vida he podido vivir de mi pasión cinéfila en medios tan diferentes como El observador de la actualidad médica, Clio, Onda Cero o Radio Inter, entre otros.

No me considero para nada un académico, aunque supongo que haber visto miles de películas y leído miles de libros ayuda a que sepa un poco del asunto. He aprendido de mucha gente, pero me gustaría citar (a pesar de todo), al gran Carlos Pumares, a Carlos Boyero o a los desaparecidos Ángel Fernández Santos y José Luis Guarner. Y a Jordi Costa, un fenómeno.

Así que encantado de embarcarme en esta aventura. Abróchense sus cinturones.

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